Gottfried Wilhelm Leibniz
 
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Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716).
A los 21 años y después de haber cursado estudios de metafísica escolástica en Leipzig con J. Thomasius y de física mecanicista en Jena, con E. Weigel, y de haberse doctorado en Derecho en Altdorf, junto a Nuremberg, entra al servicio del Príncipe Elector de Maguncia, Juan Felipe de Schönborn y mediante él entra de lleno en la vida política y diplomática de su tiempo. En 1672 va a París para interesar a Luis XIV en una empresa en Egipto, pero aprovecha esta estancia, así como otra posterior en Londres, para ponerse en contacto con algunos de los principales científicos y filosófos de la época en ambos países (Huyghens, Mariotte, Malebranche, Arnauld y discípulos de Descartes, Gassendi y Hobbes, la Royal Society, las corrientes científicas de Boyle y de Newton, y posteriormente en Holanda visita a Spinoza). En París descubre el Cálculo Infinitesimal, anteriormente descubierto por Newton, pero al que se adelanta en su publicación en 1684. Finalmente, obtiene Leibniz el cargo de bibliotecario y consejero de la corte de Hannover, en 1676, donde publica y escribe mucho, aunque no suele acabar sus escritos y se mantiene en comunicación científica y diplomática con las principales cortes de Europa y con los pensadores e investigadores de entonces, trama intrigas, traza planes, hasta que cae en desgracia de la corte y muere abandonado de todos en 1716.

1. De los varios modos de ser individuo.

Según Leibniz, la verdad puede ser buscada en dos grandes ámbitos: verdades de razón y verdades de hecho. Las verdades de razón son necesarias. Su negación implica contradicción. Su negación es falsa siempre. Hay dos verdades de razón: el principio de identidad y el principio de no contradicción. Para encaminarnos hacia lo individual hay que considerar las verdades de hecho, el ámbito de las experiencias factuales que conocemos mediante la experiencia.

Ya Platón y Descartes habían realizado una crítica de lo factual. El primero había hablado de la doxa que se asienta únicamente sobre lo sensible, y por lo mismo no se remonta al fundamento de las impresiones o sensaciones que recibimos de los objetos. No es allí donde hay que buscar los existentes auténticos. Descartes ejerció su duda metódica y trituró los contenidos sensibles al ser éstos indignos de confianza. Lo mismo hizo con la hipótesis del genio maligno que proyecta sobre nosotros apariencias de objetos, haciéndonos creer que lo falso existe verdaderamente.

Para Leibniz, el punto de partida no puede ser simplemente el cogito. Si yo pienso, yo pienso algo, en algo. Mi pensar apunta, tiende, se refiere a algo o a alguien. No sólo pienso, sino que otros piensan y diversas cosas son pensadas por mí.

Dice Leibniz en la carta a Arnauld, dic. 1686:

"La unidad sustancial exige un ser constituido como indivisible e indestructible por medios naturales...lo cual (sólo puede encontrarse)...en un alma o forma sustancial al modo de lo que se llama yo".

El Yo es una sustancia y las cosas en las que pienso también son objetos. Existe una multiplicidad de egos, de sustancias indivisibles, por ser irreductiblemente simples y tales que son indescomponibles en cuanto semejantes yoes. Cada yo es irreductible a todos los demás.

El individuo es la sustancia, porque es indivisible. Por otra parte, jamás los individuos coinciden absolutamente entre sí. Principio de los indiscernibles:

"no es posible que haya dos individuos semejantes o diferentes solo numero" Carta a Arnauld, 14 de julio de 1686.

En el mundo de los seres ideales, figuras geométricas puras, cabe imaginar entes absolutamente similares. Pero entre los individuos siempre hay diferencias.

Cada forma sustancial es una mónada, una sustancia simple. Cada ser vivo incluye una forma sustancial.

Ni los seres imaginarios o de ficción, ideales o sueños son sustancias. Están sustentados en la sustancialidad de aquellos que los engendran. No son reales, sino ideales.

Tampoco el cuerpo, la extensión es una sustancia, ni cabe encontrar en lo material forma sustancial que corresponda a la materia.

Los átomos no van a ser materiales, sino puramente formales: mónadas. Veamos el concepto leibniziano de materia:

"Considero que el número de almas, o por lo menos de formas, es completamente infinito y que, al ser la materia infinitamente divisible,no cabe asignar ninguna parte de materia lo suficientemente pequeña como para que no haya dentro cuerpos con almas, o por lo menos con forma sustancial, es decir, sustancias corporales" Carta a Arnauld, 9-X-1687.



2. El proyecto de Leibniz.

Cuando estudiamos a Aristóteles, en particular, su teoría de las categorías, vimos al Estagirita confrontado al problema de las condiciones de posibilidad de la distinción. El Estagirita como vimos, consiguió dar cuenta sin dificultad de la multiplicidad que se inserta en el seno de un género, encontrar razón de la variedad específica. Ciertamente, las categorías o géneros supremos se resistían a ser reducidos al esquema general que permitía dar razón o cuenta, es decir, que permitía constituir una ciencia. Las categorías, en efecto, constituían una multiplicidad no reductible a la unidad de un género. La noción de pros hen suspendía cada categoría a la primera de ellas, la sustancia y ello les confería una cierta unidad.

Aristóteles otorgaba así determinación a las sustancias de nuestro entorno. En la vía de lo universal nada escapa a la razón.

La razón aristotélica era universal y necesaria, era una racionalidad del género o de la especie, nunca del individuo, falla en el registro de lo individual.

No confundimos dos cosas de la misma especie que se distribuyen en el orden espacial, más tal discernimiento es, en cierto modo, paradójico, no se halla fundado en razón, no se explica por una determinación diferencial. En otros términos: la no confusión de un ente en el seno del espacio, de un individuo respecto de otro individuo, es para su identidad un elemento contingente; se trata de una alteridad extrínseca a lo determinado, por acercarnos ya a la terminología leibniciana.

Pues bien, el propósito esencial de Leibniz es el de hacer de tal alteridad contingente una alteridad racional y necesaria; hacer de la "diferencia" exterior a la identidad de lo diferenciado una diferencia auténtica, implicada en el conjunto de notas constitutivas de la identidad. Se trata de introducir la razón en lo individual, en lo empírico, platonizar nuestro horizonte. Este proyecto se articula esencialmente en la reflexión que le mueve a enunciar su célebre "principio de los indiscernibles". Dice en los Nouveaux Essais:

"Siempre es necesario que además de la diferencia de tiempo y de lugar, haya un principio interno de distinción y aunque se den varias cosas de la misma especie, es no obstante verdad que nunca se dan de forma que sean perfectamente semejantes."

3. De los individuos a Dios.

La lógica leibniciana postula que todas las propiedades o características que puedan contribuir a individualizar a alguien y a distinguirle de los otros, de las restantes sustancias individuales en el único ámbito con el que contamos para establecer dichas distinciones (el espacio-tiempo) le pueden ser atribuidas mediante una predicación en la que intervenga el verbo ser y en la que el deíctico que la designe a uno mismo ocupe el lugar lógico-gramatical de sujeto. Las mónadas son conceptos. El principio de los indiscernibles enunciado anteriormente supone la erección de la diferencia en dimensión constitutiva de la identidad, sea cual sea el plano (individual, específico, genérico) en que ésta se define.

Todo lo que yo pueda predicar de un concepto se halla ya a priori en el interior de ese concepto. Lo que yo predique estaba ya incluido en la noción del sujeto. El acto de predicar es desplegar la autoidentidad del concepto, un acto de análisis. Por ello el nombre de juicios analíticos a los juicios en los que el concepto del predicado está incluido en el sujeto. Todo juicio para Leibniz es analítico. Todo juicio se puede reducir en última instancia a la fórmula A=A. Este es el Principio de identidad. La verdad es la autoidentidad del concepto. La verdad es coherencia interna de un sistema axiomático. Es la coincidencia del sujeto con el predicado. El análisis determina si el concepto enunciado en el predicado conviene con el sujeto. Dentro de un concepto, una mónada, caben infinitas notas distintivas de esa mónada respecto a las otras infinitas mónadas del cosmos. Por ello, en cierto modo, una mónada es un aspecto, una perspectiva del cosmos, un espejo viviente del universo. Tiene que haber un entendimiento capaz de captar esas infinitas nociones lógicas constituyentes de los conceptos en la multitud e infinitud de sus diferencias, y de conocerlas a priori. Hace falta un sujeto que conozca a priori el fundamento de toda esa diversidad espacio-temporal.

Las sustancias individuales, en efecto, pueden ser consideradas de dos maneras. 1ª cada cual manifiesta lo que es en un cierto ámbito espacial y durante un determinado período temporal, bajo la forma de acciones, sucesos, peculiaridades físicas y temperamentales, etc. 2ª no precisa de este despliegue extensional, de esta difusión espacio-temporal de la mónada. La hilación de los acontecimientos atribuidos al individuo, la posibilidad misma de atribuírselos a un mismo sujeto, ha de ser justificada. No basta con que nuestra apercepción o conciencia interna nos acredite como siendo nosotros mismos. Debe haber una razón de ello, y es importante conocerla, pues la subsistencia de un mismo sujeto que designa a cada individuo pensante a lo largo de sus avatares vitales es una de las marcas más claras de su sustancialidad. Esta sustancialidad es acreditada y constatada experimentalmente, pero también ha de serlo racionalmente. Al proceder de esta segunda manera, surge la mónada como "fundamento de la conexión entre todos los estados de un individuo". De cada una de las mónadas hay una noción completa que incluye todos sus atributos. La intuición va a ser la aprehensión directa y, por así decirlo, instantánea de dichas notas. Al haber una unidad de ellas, entre todas ellas, proveniente de poder ser atribuidas a un mismo sujeto, cabe también un conocimiento cierto, directo de dicha unidad, que ya no provenga de la experiencia. Quien pueda conocer de esta manera, no tiene por qué recurrir al espacio y al tiempo, ya que sabrá por conocimiento puramente intuitivo todo cuanto pueda convenirle a cada sujeto. Dicho ser, por lo tanto, no tiene que existir ni en el espacio ni en el tiempo, ya que tales recursos cognoscitivos no le son necesarios para saber qué pasa, pasó y pasará. Es un ser que existe, es decir, no es corpóreo. Es eterno (no temporal) incorpóreo (no espacial). Es incluso el único ser sustancial que posee estas dos notas según Leibniz, es Dios.

El problema que nos ocupa es el de la identidad del individuo. ¿Cómo saber que uno es uno mismo, es decir, un individuo, en el espacio y en el tiempo? Hay una razón a posteriori para autoatribuirse subsistencia espacio-temporal como individuos, de la misma manera tiene que haber una razón a priori. Dios conoce a priori lo que nosotros conocemos a posteriori, por propia experiencia, es decir, nuestra identidad, nuestra subsistencia como individuos o indivisibilidad a lo largo de una serie de avatares llamados vida. Desde la eternidad, fuera del espacio y del tiempo, él sabe cuanto nos ocurrirá en el espacio y el tiempo. Y no sólo conoce aquello de lo que podríamos ser conscientes con respecto a nosotros mismos, si nuestro pensamiento fuese suficientemente claro y distinto, sino que también sabe lo que nos atañe desde antes de nacer y aún después de morir. Conoce nuestra noción completa de una manera intensional, con todas las notas que le sean o le pueden ser atribuidas afirmativamente. La posibilidad de conocer extensionalmente el conjunto de todos los individuos tiene su reverso intensional en la aprehensión directa y total de cuantas notas lógicas puedan incluirse en la noción o concepto de cada uno. No hay individuo sin Dios.

4. El Dios de Leibniz

Las sustancias individuales son totalmente independientes de sí, unas de otras. Las sustancias sólo dependen de Dios y ello una por una, directamente, sin mediación:

"Cada sustancia individual o ser completo es como un mundo aparte, independiente de cualquier otra cosa que no sea Dios". Carta a Arnauld, 14 de julio de 1686.

La dependencia del individuo respecto a Dios es directa. Cada sustancia individual expresa enteramente el universo a su manera y según una cierta relación o punto de vista:

"toda sustancia es como un mundo entero y como un espejo de Dios o bien de todo el universo, al cual expresa cada una a su manera, más o menos como una misma ciudad es representada de maneras diversas según las diversas situaciones del que mire". Discours de Metaphysique, parágrafo IX.

El modo en que ve el mundo cada individuo, modo que caracteriza a su conciencia, expresa con mayor o menor claridad y distinción la relación sustancial entre su alma y Dios. Caben múltiples percepciones de la naturaleza a lo largo del espacio y del tiempo, pero en cada una de ellas se esconde un reflejo de Dios, el cual es conocido por las mónadas con ocasión del mundo.

Dios es sobre todo armonía. La existencia de Dios venía ligada a la posibilidad de que, con tantos elementos sustanciales a percibir, pudiese haber todavía una identidad o subsistencia en el sujeto percipiente. Mas no basta con dar cuenta de esta infinita pluralidad temporal, sino que además hay que explicar la unidad de cada percepción del mundo, y sobre todo, la concordancia entre las percepciones de los diversos individuos, los cuales son plenamente independientes entre sí. Pues bien, "esta correspondencia mutua entre las diferentes sustancias es una de las más fuertes pruebas de la existencia de Dios", ya que, si no fuese así, "los fenómenso de los espíritus diferentes no concordarían entre sí y habría tantos sistemas como sustancias, o bien sería puro azar que concordasen a veces".

Dios, por lo tanto, existe, y no es sino la armonía o concordancia entre los distintos individuos o mónadas; y no sólo la armonía entre sus respectivas percepciones, sino también entre sus actos: proyectos comunes, etc.

El mundo no es sino la explicitación de que la armonía entre las mónadas es posible y está realizada actualmente en todo momento. Incluidos los instantes aparentemente caóticos.

Según Leibniz, la creación implica, como paso lógico previo a su explicitación física o realización, un cálculo de infinitas variables y de innumerables entradas y salidas, cálculo que es llevado a cabo por el entendimiento divino o país de los posibles.

El Dios de Leibniz aparece radicalmente escindido en entendimiento y voluntad. En cuanto substancia, Dios se caracteriza por la omnipotencia o, Dios es todo voluntad de ser, poder infinito. Dios posee también inteligencia y voluntad. No es el Dios ciego o pura necesidad que le atribuyó Espinosa. El mundo que existe es contingente. Dios es plenamente libre al crearlo. Contra lo afirmado por Hobbes y Espinosa, Leibniz piensa que el mundo hubiera podido no existir jamás. El entendimiento divino, al combinar las esencias eternas que pujaban por existir, no sólo tuvo en cuenta la posibilidad del mundo existente, en el cual están contenidos todos los acontecimientos habidos ypor haber en la historia de los individuos y en la de los diversos entes ideales sostenidos por ellos, sino que valoró también la posibilidad de crear otros, estableciendo una escala o jerarquía entre los diversos mundos posibles, es decir, entre las esencias eternas y todas sus posibles combinaciones u ordenaciones. A la voluntad divina le correspondió elegir uno, el mundo existente, pero hubiera podido inclinarse por otro. Estas dos fases lógicas previas a la creación efectiva del mundo, en virtud de la omnipotencia divina no existirían si no fuese porque el mundo es contingente.

Las esencias eternas, a las que Leibniz suele llamar metafóricamente ideas del entendimiento divino, son por un lado independientes de la voluntad divina y por otra parte tienden por sí mismas a la existencia. Dijo Aristóteles en Metafísica Libro III: "to gàr autò hama hyparkhein kaì mè hyparkhein, adinaton to auto katà tò autò. Es imposible que a lo mismo y bajo un mismo respecto lo mismo le pertenezca y a la vez no le pertenezca". Se trata del texto más poderoso de la historia de la filosofía. El principio calificado por Aristóteles de más firme rige tanto el orden de la realidad sensible como el lingüístico y el de las representaciones o imágenes, constituyendo así un prinicipio universal del ser. La fuerza del principio es tal que cuando Guillermo de Ockham intenta preservar el dogma de la potencia absoluta excluye a Dios de toda sujección a los mandamientos...excepto al primero. Y ello, precisamente, porque tal libertad supondría para Dios el odiarse a sí mismo y para el mundo quedar privado de la no contradicción.

Tomás de Aquino nos presenta una divinidad confundida a tal punto con la ley que pese a su omnipotencia (salvaguardada con mil artificios) no podría suprimir o modificar uno solo de los mandamientos sin automáticamente suprimirse o modificarse a sí mismo.

Duns Escoto da un paso gigantesco en favor de la omnipotencia, al considerar como leyes absolutas (es decir, leyes que ni el mismo Dios puede modificar) tan sólo los preceptos de la primera tabla. Dios ha impuesto que matar, fornicar o hurtar (preceptos de la segunda tabla) sea pecado, pero hubiera podido imponer otra cosa.

El paso que Ockham no se atreve a dar constituye el trasfondo de la hipótesis cartesiana del genio maligno que conviene contemplar a la luz de textos más explícitos como, por ejemplo, esta carta a Mersenne de 1637:

"Dios se ha hallado libre de hacer que no fuera verdad que todas las líneas que van del centro a la circunferencia fueran iguales, como de no crear el mundo, pues tales verdades no son más co-esenciales a su esencia que las otras creaturas".

Pues bien, Leibniz restaura la co-esencialidad de las verdades eternas (aquellas cuyo opuesto encierra contradicción) a la divinidad:

"Sin embargo, no cabe imaginar, como algunos hacen, que las verdades eternas, hallándose en dependencia de Dios, son arbitrarias y dependen de su voluntad, como Descartes parece haberlo creído, y tras él Monsieur Poiret. Esto es verdad tan sólo de las verdades contingentes, cuyo principio es la conveniencia o elección de lo mejor; mientras que las verdades eternas dependen tan sólo de su entendimiento y constituyen el objeto interno" Monadología, 46.

Las verdades eternas no pueden depender de Dios por hallarse determinadas tan sólo por la contradicción interna. El principio queda así confirmado en la potencia que le otorgó el Estagirita: la no contradicción es condición necesaria de toda entidad, comprendida la que Dios constituye.

Tras este breve excursus, volvamosa a la creación. Cada esencia eterna tiene un cierto grado de perfección, que Leibniz llama cantidad de esenca, y que viene caracterizado precisamente por su tendencia a coexistir, a ser composible con otras esencias. Las posibilidades de existir de las esencias eternas no son equivalentes y el entendimiento divino mide o establece la escala correspondiente. Al considerar todas las combinaciones posibles surge una gradación. Esta es la primera fase de lo que Leibniz suele llamar "matemática divina o mecanismo metafísico".

Entendiendo todo el proceso como puramente lógico, pues no tiene sentido imaginarlo como sucesión, cabe afirmar que la segunda fase surge cuando interviene la voluntad divina, guiada por el principio de perfección, de maximización o de óptimo, como se le quiera llamar. Este principio, del cual se complace en encontrar numerosas ejemplificaciones en la naturaleza (gravitación, geodésicas, forma esférica de las partículas de agua, etc.), viene a establecer que, en el caso de las esencias contingentes, pasa a existir aquella que más perfección implica en relación con las restantes. Dicho brevemente: Dios quiere elegir lo más perfecto y lo más perfecto siempre resulta consistir en la producción del máximo efecto con el mínimo de gasto; de gasto causal, se sobreentiende. De tal manera que el mundo existente, el deseado por la voluntad divina, y por lo tanto creado en función de su omnipotencia, es el más perfecto entre todos los posibles, es decir aquel en el que existen más esencias eternas en un mínimo de difusión espacio-temporal. Ambas variables, máximo de esencias composibles y mínimo de difusión, son inseparables de la elección divina. Cum Deus calculat fit mundus.

La posibilidad es el principio determinante de las esencias, la perfección es el principio rector de las esencias al modo del principio de optimización, claro está. Como consecuencia inmediata de todo lo anterior, Leibniz afirma que el mundo efectivamente existente es el mejor de los mundos posibles, el más perfecto Esta proposición no puede ser demostrada. Afirmar que esta proposición es indemostrable y afirmar que Dios es libre son una y la misma cosa. Es tan sólo un artículo de fe:

"Todo ha sido desde un principio ordenado por Dios quien ha previsto las oraciones, las buenas y malas acciones y todo lo demás; y cada cosa ha contribuido idealmente antes de su existencia a la resolución tomada sobre la existencia de todas las cosas. De tal manera que nada puede ser cambiado en el universo (como tampoco en un número) salvo su esencia, o si se prefiere, su individualidad numérica. Así, si el menor mal que acontece en el mundo viniera a faltar, ya no se trataría de este mundo, el cual exhaustivamente mesurado y explorado ha sido considerado como el mejor por el creador que lo ha elegido.

Cierto que cabe imaginar mundos posibles, sin pecado y sin desgracia, y podríamos como los romanos construir Utopías; mas estos mismos mundos serían de hecho con mucho inferiores al nuestro. No estoy en condiciones de mostrarlo detalladamente, pues ¿cómo puedo yo conocer, representar y comparar infinitos? Mas debéis juzgarlo conmigo ab effectu, puesto que Dios ha escogido este mundo tal como es." Teodicea I, parágrafos 7-10

Doctrina monadológica.

Dice Leibniz en la "Monadología", al comienzo:

"1. La mónada, sobre la cual hablaremos aquí, no es sino una substancia simple que forma parte de las compuestas; simple, es decir, sin partes.

2. Es preciso que existan substancias simples, puesto que hay substancias compuestas; porque lo compuesto no es sino un conglomerado o aggregatum de cosas simples.

3. Pero donde ya no hay partes, no hay extensión, ni figura, ni divisibilidad posible. Y estas mónadas son los verdaderos átomos de la Naturaleza; en una palabra, los elementos de las cosas [...].

18. Se podría dar el nombre de entelequias a todas las substancias simples o mónadas creadas ya que tienen en sí una cierta perfección y poseen una cierta suficiencia que las hace fuente de sus acciones internas y, por así decir, como autómatas incorporales.

19. Si queremos llamar "alma" a todo lo que posee percepciones y apetitos en el sentido general que acabo de explicar, todas las sustancias simples o mónadas creadas podrían llamarse almas..."

Las mónadas son sustancias espirituales simples, que surgen por creación y desaparecen por aniquilación. Leibniz define a las mónadas recurriendo a los conceptos aristotélicos de "entelequia" y "forma". Las mónadas son fuerza, acto, alma.

Características de las mónadas:

-son fuerzas primitivas.

-son simples e inextensas.

-no tienen ventanas. No interactúan entre ellas.

-la actividad monádica es interna: percepción y apetición. La apetición determina que se pase de una percepción a otra.

La doctrina monadológica anula la distinción cartesiana entre res cogitans y res extensa y la sustituye por una multiplicidad infinita en el Universo.

La armonía preestablecida.

El mundo ha sido creado por Dios. Es uno de los mundos posibles que la mente divina concibe. Su existencia es contingente. Es una verdad de hecho sobre la cual sólo es posible encontrar la razón suficiente que permita explicar que es así y no de otro modo".

¿Por qué hay ser más bien que nada? Dios se rige por el principio de conveniencia o de elección de lo mejor. Dios elige el mejor de los mundos posibles. La presencia del mal en el mundo no constituye ninguna objeción contra la bondad divina.

En tal mundo reina la armonía más perfecta. Todas las cosas están ligadas unas a otras por la percepción que cada mónada individual tiene del universo desde su peculiar perspectiva. Cada mónada tiene percepción y percibe desde sí al Universo entero. Cada mónada es una representación del universo entero. Cada substancia es expresión de las demás y esto lo posibilita la armonía preestablecida en el cosmos por Dios. Él ha sincronizado todos los movimientos entre sí como un gran relojero omnisciente y sabio.

Conocimiento.

La Razón es evidenciante en el encadenamiento de las verdades en buena forma y de sus objeciones ("Discurso de la conformidad de la fe con la razón" & 65). La Razón es una función identificadora, esto es tiene una función aclaradora de las contradicciones aparentes entre los términos.

La Monadología implica una consecuencia acerca de la experiencia primaria e indubitable de la certeza: no solamente el ser de la propia conciencia por el hecho de pensar, sino con igual razón y originalidad, el hecho de la multitud de los contenidos de conciencia. Descartes partía de la evidencia cogito, ergo sum. Leibniz parte de la siguiente verdad: varia a me cogitantur.

Hay dos principios fundamentales para Leibniz: El Principio de Razón Suficiente y el Principio de no contradicción. El primero rige las existencias y el segundo las esencias. En los "Principes de la Nature et de la Grace", se nos dice en el parágrafo 7:

"Hasta aquí hemos hablado, en calidad de simples físicos, en adelante hemos de elevarnos a la Metafísica sirviéndonos del Gran Principio, comúnmente poco usado, que nada se hace sin razón suficiente" [...] "Una vez puesto este principio, la primera cuestión que hay que plantearse será por qué hay más bien algo que nada".

La naturaleza.

Leibniz ataca el concepto de espacio y de tiempo absolutos de Newton, pues si todas las cosas del universo cambiasen simultáneamente su posición o su tamaño, o la distancia temporal de los acontecimientos, resultaría este nuevo mundo absolutamente indiscernible del anterior. Por lo tanto, el espacio y el tiempo no representan nada absoluto, sino que se constituyen a partir del conjunto de relaciones entre los entes.

La voluntad divina se rige por la combinación más perfecta según el principio del máximo de resultados mediante el mínimo de gasto, tendiendo a la mayor riqueza de efecto por los procedimientos más simples.

Cada mónada constituye un todo hermético en sí mismo y sin otra comunicación posible con el resto del universo y de las demás mónadas que la armonía preestablecida por el Creador. Incluso en el compuesto humano no se da la interacción psicosomática, sino que la mónada psíquica o "alma" lleva inscrita en sí, como un disco o una cinta magnetofónica la versión psíquica de todos los movimientos de la mónada somática, y de este modo resulta una apariencia de interacción y de percepción.

Cada mónada psíquica contiene en sí, pero inconscientemente, una infinidad de percepciones -las de todos los fenómenos del mundo precisamente-, que mediante la Apperception van haciéndose conscientes; y así va el alma conociendo el mundo, un mundo que ya poseía inconscientemente en su interior en toda su complejidad, pero que no apercibía distintamente, es decir, que no elevaba a consciencia, sino como el rumor lejano del mar (petites perceptions).

La teoría de los posibles de Leibniz supera a Suárez (Suárez definía el posible como aquello cuyas notas esenciales no implican contradicción entre sí) al definir el posible en virtud de los demás posibles. El posible para ser realmente posible ha de ser composible con otros posibles dentro de un orden determinado, paa el cual ha de haber una razón suficiente. Un posible sólo puede existir si es composible.

El Mundo es un agregado de cosas finitas gobernado por la Monas Monadum, Dios y regido por el principio de Razón Suficiente. Este es el mejor de los mundos posibles dentro de la ley de la composibilidad.

A la objeción del mal en el Mundo da Leibniz una triple respuesta:

-si se trata del mal físico, es éste una consecuencia de la composibilidad y un medio de mayor bien total;

- si se trata del mal moral, su posibilidad es condición de la libertad, o consecuencia práctica de la misma; de todos redunda en el mayor bien total;

el mal metafísico, o defectibilidad esencial de los individuos, es una consecuencia de la finitud de la criatura y de su limitación esencial.

En realidad, el orden actual del Mundo no puede tener más razón suficiente que un relativo grado de bondad, mezclada con muchas imperfecciones y la absoluta gratuidad de la elección divina, cuya libertad está fuera de toda razón suficiente. Pues evidentemente a la voluntad libre del Creador le basta alguna razón de bien y no requiere la perfección máxima para elegir. Esto aparte de que ningún orden contingente de composibles puede ser absolutamente el mejor.

La fuerza disponible, o desplegada en un instante determinado por la sustancia monádica forma parte de una serie de instantes mutuamente referidos, según una ley que envuelve toda la serie y está implicada en cada uno de ellos. Esta relación de la sustancia a su potencial puede reducirse a una relación matemática, la de la integral y la diferencial. Y mediante la introducción de cantidades infinitamente pequeñas y de los principios de continuidad (natura non facit saltus) y de los indiscernibles (la diferencia numérica implica necesariamente una diferencia cualitativa infinitamente pequeña).

La Mecánica de Leibniz se funda en otras dos leyes: la ley de la conservación de la fuerza y la ley de la continuación del progreso en un conjunto. Esto exige la existencia de una armonía entre todos los fenómenos mecánicos que afectan a un sistema.

Existir es ser armónicamente en virtud de los principios de complementariedad, covariante y preadaptación, implicados en un sistema de concomitancias. El mundo es un agregado de cosas finitas, presididas por la unidad dominante, superior y trascendente al mismo mundo, y que por lo mismo es la razón suficiente de su existencia. Existe algo así como una lucha entre muchos posibles, cuya existencia decide la Razón Suprema, teniendo en cuenta todas las combinaciones posibles y rigiéndose según la ley de la perfección: el máximo de esencia con el mínimo de gasto. Principium meum est -dice Leibniz- quidquid existere-potest et aliis compossibile est, id existere" (Cfr. Carta 1 a Mr. Bourguet, 1714, y De Veritatibus primis y De rerum originatione radicali, 1697.
 
Enlaces:
es.wikipedia.org/wiki/Gottfried_Leibniz
www.biografiasyvidas.com/biografia/l/leibniz.htm
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